Un gigante gaseoso puede haber nacido después de que su estrella ya estuviera muerta. La hipótesis está en un estudio de la NASA publicado en Nature Astronomy el 5 de octubre de 2026 y divulgado por ScienceDaily el 9 de octubre. Los investigadores identificaron en el sistema HS 0209+0832 una firma química inusual de niobio, metal raro, captada por el Telescopio Espacial Hubble y por el observatorio FUSE. La lectura más plausible es que ese material fue eyectado durante la muerte de la estrella y luego se acumuló hasta formar un nuevo planeta. Los datos del TESS refuerzan la sospecha: hay un cuerpo del tamaño de Júpiter orbitando a unos 6 millones de kilómetros de la enana blanca.
El niobio llamó la atención precisamente por ser una firma atípica en estrellas muertas. Según el estudio, la presencia del metal indica que no provino del material original del sistema, sino de algo formado más recientemente alrededor de la enana blanca. Las observaciones combinadas del Hubble y del FUSE, que cubren rangos complementarios del ultravioleta, permitieron aislar ese rastro químico. En paralelo, el TESS, satélite de la NASA especializado en encontrar exoplanetas, detectó el objeto del tamaño de Júpiter en una órbita muy cercana. Esa distancia es una fracción pequeña de los unos 150 millones de kilómetros que separan la Tierra del Sol.

Las enanas blancas son los restos densos de estrellas parecidas al Sol, que agotaron el combustible nuclear y expulsaron sus capas externas. En ese proceso, los planetas cercanos suelen ser engullidos o destruidos, y lo que queda es un núcleo compacto y brillante. Por eso la idea de un planeta de "segunda generación" es tan inusual: en lugar de nacer junto con la estrella, se habría formado a partir de los escombros dejados por la propia muerte de esta. Si se confirma, el caso de HS 0209+0832 mostraría que la formación planetaria puede ocurrir incluso alrededor del cadáver de un sistema estelar. El escenario es análogo al de los discos que dan origen a planetas alrededor de estrellas jóvenes.
Confirmar la naturaleza del cuerpo señalado por el TESS dependerá de nuevas observaciones. La combinación entre la firma de niobio y la órbita tan cercana es el principal indicio de que se trata de un planeta recién formado, y no de un superviviente de la era original del sistema. Descubrimientos de este tipo ayudan a proyectar el destino de sistemas como el nuestro, ya que el Sol también debe convertirse en una enana blanca en el futuro lejano. Entender si los mundos pueden renacer después de la muerte estelar amplía la búsqueda de planetas en entornos antes descartados. El artículo completo salió en Nature Astronomy, con destaque de la NASA y repercusión en ScienceDaily.
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